Dado el poco interés que los historiadores han mostrado
por la cultura mongola, la historia del Chow Chow también
ha quedado oculta. Se sabe que dos tribus, los jung y los
ti, poseían un tipo de perro con la lengua azul que
manejaban con arneses y que utilizaban para la lucha contra
osos y tigres. Otras referencias demuestran que miembros
de la clase alta los tenían como animales de compañía
o que eran utilizados como alimento humano en China, aunque
en este caso solían ser cruces con otras razas y
sólo durante un brevísimo período de
tiempo y exclusivamente en momentos de auténtica
escasez durante el siglo XIX.
Se ha podido comprobar que los primeros pedigrís
de la historia fueron de esta raza, documentos fueron encontrados
por el doctor Abshagen en un monasterio lama, durante la
ocupación japonesa del norte de China en la II Guerra
Mundial. En ellos se constataba el arte de criar «Chow
azules de Mongolia», durante setecientos años,
es decir, desde el siglo XIII.
Hay documentos que demuestran la existencia de un ejército
de diez mil soldados apoyados por cinco mil perros Chow,
en la provincia de Yunan, que datan de ochocientos años
antes de nuestra era, cuando recibían el nombre de
perro de los Tártaros. Como es de suponer, estos
perros que aparecen representados en los distintos documentos
y a lo largo de la historia no eran como los actuales, éstos
son más chatos, compactos y de osamenta más
gruesa. Tal circunstancia se debía al hecho de que
en aquella época eran criados como perros de trabajo,
para tiro, guarda, pastoreo, caza..., lo que producía
un tipo de perro más rústico y ágil.
Uno de los primeros perros que llegó a Europa fue
exhibido en el zoológico de Londres como animal exótico,
donde lo catalogaron como «perro salvaje de China»;
corría el año 1820. En 1865 fue regalado un
ejemplar de esta raza a la reina Victoria de Inglaterra,
fue entonces cuando se descubrió que sociabilizándolo
desde pequeño este tipo de perro era muy dócil.